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La Navidad es una época de ilusión, magia y generosidad, sobre todo para los más pequeños. A menos que seamos descendientes el mismísimo Grinch (que puede darse el caso) y detestemos la Navidad en su totalidad, en menor o mayor medida, esperamos con ilusión que lleguen estas fechas; las ciudades se transforman, pasamos estos días en familia, y para los más afortunados, esta época significa vacaciones: poder recargar las pilas para empezar el nuevo año con fuerza.

navidad

Lo que mucha gente no se para a pensar es que para lograr todo esto, hay personas que están detrás trabajando con ilusión para que todos los demás podamos disfrutar del mágico espíritu de la Navidad. Por eso, este mes contamos la historia de Manuel, que además de trabajar como cajero en un supermercado de su barrio, cuando llega la época de Navidad, cambia la caja registradora por una capa, una barba pelirroja y una corona. Es un trabajo que está bien remunerado pero que a su vez no tiene mucha demanda. Así que para Manuel, es una perfecta oportunidad de traer un sueldo extra en esta época llena de gastos.

Manuel, trabaja actuando como uno de los tres Reyes Magos que cada Navidad visitan los centros comerciales, para sentarse en su mágico trono y contribuir con la ilusión de todos y cada uno de los niños que se sientan en sus rodillas. Puede parecer un trabajo fácil, pero lo cierto es que requiere mucha dedicación. Centenares de niños esperan de él que consiga hacer realidad sus deseos cada Navidad, y aunque no sea del todo su labor, contribuir a mantener esa ilusión puede resultar bastante complicado pero gratificante al mismo tiempo. Para este tipo de trabajo, es fundamental que te gusten los niños, y la Navidad por su puesto. En cierto modo, tienes que creer totalmente en tu personaje. Ah bueno, y te tienen que gustar también los centros comerciales, claro está.

gato en trono

La jornada de trabajo de Manuel comienza en el momento en el que se enfunda su traje y se coloca esa barba pelirroja tan característica. Desde ese instante, deja de ser Manuel para convertirse en el Rey Gaspar, cuya misión es sacarle una sonrisa a cada niño que decide atreverse a acercarse y sentarse en su regazo. Pero la labor de Su Majestad de Oriente no es toda de color rosa y desprende brilli brilli. El traje no es que digamos de la mayor calidad que te puedes encontrar; en ocasiones puede picar y mucho. Otras veces, entre tantos tirones de barbas, Gaspar tiene que respirar hondo un par de veces para no acabar arrancándosela y tirarla a la papelera del centro comercial. Luego, no todos los niños que acaban en su regazo son unos angelitos caídos del cielo. Por eso es fundamental tener paciencia, mucha paciencia.

Sin embargo, quitando las pequeñas desventajas que tiene este trabajo (supongo que como todos), cuando Gaspar acaba su jornada de trabajo, se siente bastante satisfecho y casi siempre se vuelve con una sonrisa a casa. No todo el mundo tiene la suerte de poder hacer dinero mientras regala ilusión. La misma ilusión que cuando llega a casa, después de una dura jornada de trabajo, ve reflejado en los ojos de sus dos hijos.

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