Aquellas primeras 24 horas

Por Cristina Suárez Vega en 21-12-2015
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Las tres en España y yo que, como un reloj, a las dos mi estómago se transforma en león, aquí con un silencio gutural. Me reía yo del jet-lag de los demás.
Aún así mi cabeza empieza a maquinar recetas como lleva haciendo desde que empecé a vivir fuera de mi casa y es entonces cuando mi Pepito Grillo me grita al oído: "¡Eh! ¡Deja de imaginar platos dignos de restaurante que en Inglaterra las cosas no están tan baratas!". En resumen: pechuga de pollo y huevo frito. El principio y el fin de la pobre ave en una sartén que se me apareció en el suelo como por arte de magia y que ya me he agenciado porque en la maleta no me cabía ni una cazuela.

Y es que de llegar nueva a una residencia o a una casa en otro país y de empezar una vida desde cero hay una línea muy, muy pequeña: hacerte con todo lo que necesitas, encontrar las tiendas donde lo venden (y donde sea más barato), abrirte una cuenta en el banco, registrarte en el médico... una lista de cosas que yo me propuse cumplir en los dos días que llevo aquí y que aún no he completado. Y lo peor, sigo sin cazuelas. 

 


Por suerte, la mayoría de los habitantes de esta pequeña zona llamada Surbiton derrochan simpatía y en el banco donde me registré me dieron enseguida cita para abrirme la cuenta. Una alegría más para mi cuerpo que se había levantado resignado a desayunar una magdalena a palo seco que me habían dado gratis la noche anterior. Sea como fuere, yo ya me había hecho a la idea de que las cosas iban a ser difíciles al principio.


Tan difíciles como el famoso tiempo aquí. Nada más levantar la cabeza de la almohada improvisada que me había fabricado con abrigos la ventana me anunciaba chubascos. Yo, como buena novata, me puse miles de capas, botas de agua, y salí más que decidida pensando: "a mí este tiempo no me va a ganar". Dos minutos más tarde el sol me apuntaba de lleno y yo ya no sabía qué quitarme. A los diez minutos casi me hizo falta una lancha para volver a la residencia.
Parecía todas las nubes se habían puesto de acuerdo para reírse de la llorera que me entró la noche anterior.

"En la primera noche aquí, todas lloramos". Frase de una famosa serie que me venía como anillo al dedo ayer a las siete de la tarde. Yo era de las primeras personas en llegar a la residencia y todo estaba vacío: Cuando oscurece es el momento de empezar a echar de menos todo, de necesitar a alguien físicamente y no poder permitírtelo. Además, el objeto más insospechado te recuerda a algo. 

 
En resumen, mi primera visita a Sainsbury's y el largo camino de vuelta con un montón de bolsas cargadas al hombro fue una lucha por no romper a llorar en plena calle (quizá por eso me dieron las magdalenas...¿no dicen que el chocolate cura la tristeza?).

Mientras mi madre se despedía de mí después de haber estado varios días explorando Londres me dijo que cuando volviera habría crecido tres centímetros más, pero de madurez. 

 
Y ahí me quedé yo, sola en plena marea de gente por los pasillos del aeropuerto de Heathrow sabiendo que para todos había sido difícil pero con la certeza de que este año iba a ser una gran experiencia. 

 
Cogí el metro y me senté con una sonrisa dispuesta a empezar las primeras 24 horas de mi año de Erasmus.


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