Pasta con sal

Por Claudia Boneque Arnanz en 18-11-2015
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Como en toda buena historia todo empieza con una maleta a medio hacer, alguien a quien echar de menos y demasiadas cosas por vivir. 

Un Erasmus es como saltar por primera vez en paracaídas. Los hay que le dan vueltas a la idea durante años, y los espontáneos que se apuntan en el último momento. Los organizados, los nerviosos, los alocados, los aventureros, los histéricos… cada uno de su padre y de su madre, pero todos acaban en el mismo avión, a miles de kilómetros de altura, teniendo que lanzarse al vacío. 

Una vez que has dado el paso no hay vuelta atrás, irás descendiendo, rápida e inexorablemente. Depende de lo espabilado que seas y de tu paciencia, el que superes todos los obstáculos y consigas tirar de la anilla a tiempo. 

Tu primer día como estudiante Erasmus va a ser largo, hazme caso, muy largo. Primero sales de casa, acarreando los 30 kilos de equipaje, en los que, misteriosamente, no te ha cabido ni la mitad de tu armario (probablemente no tenga nada que ver el hecho de que lleves un innecesario par de tacones, cinco inservibles vestiditos de fiesta, y lo más absurdo de todo, la cachimba, ocupando media maleta). Una vez que entras en el aeropuerto, tras un viaje en coche comiéndole la oreja a tu madre para que meta gas como si de una partida del GTA se tratase, llega el momento de la facturación. 

Creo que ha sido la experiencia que más se puede equiparar a un paro cardiaco. Durante dos o tres segundos se detiene el universo, en lo que la báscula calibra si sigues adelante. Así que, ya sabéis chicas, el secador se puede quedar en casa, y las tenacillas, las botas de agua, los esquís, el diccionario Larousse y ese ladrillo que te regaló tu primer novio en el parvulario.   

El vuelo, si no tienes miedo a las alturas, no tiene más misterio. Lo divertido te espera a la llegada, cuando, más confiado que nunca, sales de la terminal y no tienes la más remota idea de qué tienes que hacer. Y piensas “bueno, yo voy tirando que ya llegaré a algún lado”. Porque claro, cómo vas a preguntar a alguien, Dios nos libre de tener que poner en práctica el curso de 40 horas de italiano que dimos en verano en la uni. Compañeros y compañeras, queridos todos, os voy a revelar un secreto, nos han tenido engañados todo este tiempo. Hay que preguntar a los desconocidos. Si nó, acabaréis en las afueras de Turín, sin billetes de autobús y con dos maletas del tamaño de un continente pequeño. Entonces, será demasiado tarde. 

Afortunadamente, parece ser cierto eso de que todos los caminos llevan a Roma. Después de un tren y dos autobuses (en los que, como buen madrileño/a legal y pardillo que eres pagarás los billetes, para que luego no te los pidan) llegas a tu adorada casa, esa que alquilaste hace dos meses por internet, confiando en que las fotos (de calidad bastante mejorable y fiabilidad algo dudosa) sean reales. Los hay que prefieren los equilibrios sin red y van a un albergue para buscar piso una vez que ya estén aquí. Yo no lo recomendaría, bastante estrés vas a tener la primera semana, enfrentándote a las mil y una trabas administrativas que el Erasmus trae consigo. 

Esto es un primer día de Erasmus. Nosotras llegamos sanas y salvas, con el paracaídas en la mano, y sin nada decente que llevarnos a la boca para cenar, así que tuvimos que tirar de pasta con sal.

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